Babilonia siempre
La fotografía no es un ardid, no necesita trucaje
cuando muestra lo que sabemos, algo ya convencional:
Un acólito del imperio babilónico,
vestido de oscuro y estrella en el pecho,
maltrata a un muchacho inerme, y al fondo
más seres oscuros de pecho estrellado
disuelven a golpes a un grupo de gente
que pide paz
en medio del camino
sin otra ostentación que algunos carteles
y un cuerpo presente cargado de vida
que expone atrevido su sangre despierta.
Yo, que llego de ver las montañas
y al hambre en los pobres roerles la cara,
siento estremecido la fiera figura
que arrastra al cordero vestido de calma.
Y yendo a escribir a la paz un poema
la flor de mi pluma se torna acerada
sin ritmo ni música ni suaves cadencias,
sin más poesía que el viento desnudo
que sopla en mi mente brotando del alma.
El señor presidente de la Gran Babilonia
ha dicho ante el mundo con voz calibrada
que los pacifistas provocan las guerras
por pedir justicia y el fin de las armas.
Y los periodistas anotan muy serios
las graves palabras que caen como lava
en los pueblos dormidos de mente comprada.
En tiempos de la antigua Roma
- que fue la Babilonia prolongada -
cuando los pacíficos clamaban justicia
eran conducidos al circo en arenas
pasto de leones y torturadores.
Hoy, simplemente, las tropas babilónica de pecho estrellado
llegando hasta ellos al lugar que ocupan
derraman su sangre en el suelo asfaltado
sin circos ni arenas ni santos oficios,
en nombre del gran presidente elegido
y del gran poder nuclear de las bombas.
Babilonia, Babilonia,
que pasas tu antorcha en la historia del hombre
partiendo del Éufrates hasta el Misisipi,
¿cuántos intervalos de quedan de aliento
para concluir tu corrupción universal?
Dhulikel, Nepal, 1983