Kenshou


Miraba anoche el techo blanco de mi cuarto
en un hotel -¿de qué lugar?- tuve que situarlo
cuando pensé que estaba a nueve mil kilómetros de casa,
mas percibí al instante - no pensé
que no me hallaba a ningún kilómetro de nada
sino más bien en la medida central de mi existencia
con elongadas redes que abarcan las distancias
que mi humano tamaño ha tendido en sus ilíadas.

Kenshou lo llama el budismo japonés
fulgor sobrevenido de evidencia
que se imprime en la mente cual relámpago
que invade todo el ser y luego cesa.

Quedó luego mi mente disuelta en laberintos
desvanecida en las causas de la tierra
en esta gran ilusión de espejo reflectante
en la que yo mismo creo la imagen que refleja
y satisfago mi obnublo en ausencia de mi centro.


                                        Loja, Ecuador, 27 de marzo de 2012

Desapego

Si yo escribo al hombre
no es por un cambio ventajoso, ni por fama,
no espero apologías ni un vaso de agua
-¿quién pagará al viento su proclama?-
tal vez me encontraré muy lejos de estas líneas
cuando tus ojos busquen detrás de las palabras.


Si yo riego el árbol
es porque veo sus hojas abrasadas
y mustia la corriente de su savia,
no por gozar su fruto ni su sombra
ni por la flor que envuelta en pétalos me amansa,
tal vez me encontraré muy lejos de estos campos
cuando las aves aniden al verde de sus ramas.


                                        Sevagram Ashram, India, 1983



No hay mañana


La felicidad no es un don para el futuro,
no es un mañana mejor siempre esperado:
mira la flor que brota entre guijarros
exhalando su aliento perfumado,
admira hoy el vestido de sus pétalos
y aspira el breve aroma liberado.

Mañana no estará la flor viviente
ni hallarás en la brisa su regalo
habrá otras flores, sí, y tú con ellas,
mas no será la que hoy crece a tu lado
que ya muere ante ti sin que la sientas
desde el futuro ausente que has forjado.

¿Sabrás mirar las flores aquel día
o habrá siempre un mañana inalcanzable
donde quieras cerrar la amarga herida
que la distancia te abre a cada instante
por haber separado de la vida
la llama de su luz inseparable?


                                En la mar, 1984


Memorias de un viaje por India


Había llegado a aquella ciudad en el trayecto
punto en la línea marcada en peregrino
cuando pensando buscar sin hallar nada
a cada paso que di todo lo hallaba,
cuando mi mente dispersa no advertía
y sólo mi ojo interior lo contemplaba.

Los encontré al salir de la posada,
son ellos dos amigos, trabajan aquí cerca,
me dan fácil palabra y yo labro en esa huerta
que florece en colores de vientos que se encuentran.
Después de varios días de intercambiar sentidos
se dio el conocimiento, la risa, mojiganga:
¡cuidado! esa mujer que labora en tu alcoba
aunque se acerque a tu lecho está casada,
y yo quedo perplejo, no esperaba
quedarme con mujer cuando mi tren marchaba.

Ellos tienen sus dioses, son fieles a su causa
y me miran, observan si algún rito me alcanza,
tras ver que no doy pábulo y respuesta a su esperanza
un día se aproximan, muy cerca la mirada
¿cómo se llama tu dios? me preguntaban,
no tiene nombre, dije, ponle el que más te agrada
porque es ese sonido que emite tus palabras
que forma y te articula antes de pronunciarlas,
es fuente de la tierra, del río y las galaxias,
se mueve entre los niños al fondo de las almas,
es trino de las aves y el discurrir del agua,
nos anega el sentido de paz y de bonanza
y en el dolor profundo es bálsamo que calma.

Solo está y se complace, a veces se presenta
cuando se deja ver abierto en forma nuestra
toma la forma del justo, de la fuerza
que vive justo el momento que acompaña.

-¿Y no es ése tu dios que ha llenado la historia
de injusticias atroces, de sangre y de matanzas?

-No es ese dios, es otro disfrazado
de serafín malhojo, entidad inconsciente
de miedo y de ignorancia que nos daña:
gurús y sumos clérigos en palacios de plata
que predican pobreza y acopian abundancia,
poderes terrenales que extorsionan y aplastan,
ambición que gobierna y abusa de la masa.

Existe desde siempre este dios de baja estofa,
coexiste con el otro en nuestra vida humana;
si el hombre no existiera, ellos aún serían
el volcán destructor, la bella melodía
del manantial naciente y la alondra que saluda,
el terremoto horrendo que asola montañas,
el inquieto vaivén del baile de las olas
que besan a las playas y vuelven y retozan,
la sanguinaria bestia que mata a la paloma,
el bello amanecer que a todo ser arroba,
aquel cuerpo en el cosmos que estalla en las esferas,
el alumbrado cielo que impide noche eterna,
el final de las sangres, del tiempo y del planeta
para hacerse partículas que pueblan los confines
de este universo ignoto que mueve y nos moldea
las formas materiales que muchos dan por ciertas.

Y si ello fuese así existiendo en nuestra ausencia
todo sería perfecto por ser lo que es y queda
sin nadie que lo piense y ninguno que lo crea,
nada sería terrible, ni bello, ni aberrante,
pues no hay ni bien ni mal en algo que es natura,
ni hay cerebro que juzgue, ni mente que difiera.

Y pues que así existimos en mentes que distinguen,
escoge cual prefieres, calibra cual convenga
a tu libre albedrío y tu paso en la tierra.
Yo me quedo el primero cercano a mis adentros
aunque también se hallare en la lejana estrella
y es mi trabajo arduo guardarlo en mi presente
para evitar al otro que mata y atormenta,
para ser luz al viento y canto que no cesa.

Y ahora adiós, amigos, he de subir a un monte,
he de amar muchas cosas, tengo una senda abierta.

                                                        Rishikesh, 1983


¡Vamos, Titanic! - marzo onírico

Voy navegando en barco grandioso sobre el mar,
con viajeros a bordo que no puedo avistar
también un matrimonio con niña en tierna edad
vestida en blanco atuendo de oceánico coral
que el viento entre las olas parece disipar.

Valiéndose de globos comienza a despegar
sujeta en leve amarre al navío en su singlar,
tres palomas le ayudan el vuelo a remontar
y alegre mira al barco y nos canta mientras va:
¡Vamos, Titanic! grita, nos grita sin cesar.

Su voz suena asombrosa, llena todo lugar
y en impensado instante suelta la amarra ya,
la elevan las palomas llevándola al azul
en armonioso porte hacia horizonte en luz,
¡vamos, Titanic! grita, nos grita sin cesar.

Me ocupo por los padres, mas nadie va a buscar,
todo aparece en calma, el ángel sobre el mar,
el tiempo era sereno, el cielo en vastedad,
¡Vamos, Titanic! canta, nos canta sin cesar.