Bosque primigenio


Pasarás mi existencia y serás respiro de las razas,
cuando llegué ya estabas llenando el horizonte,
sencillo e imponente elevas tus crestas en la esfera
vestido en verde paz serena y mansa.

Siento tu crepitar cuando tu voz me alcanza
sentado en el refugio amplio que derramas
en subterráneo diseño a tus raíces
y al extendido abrazo de tus ramas.

La tierra entera llora tu muerte concertada,
impávido aparente soportas la mano que te tala,
tu especie protectora se mengua con las ansias
del humano comercio en tu piel y tus entrañas.

Has sido por los siglos paisaje que acompaña,
abrigo de leyendas, el fruto que saciaba,
calor de los hogares, navíos de batallas,
sabios y lerdos se nutren de tu savia.

Tu telúrica esencia bulle y calla
y aguarda,
y yo me esfuerzo por verte erguido de esperanza.


La estación de lluvias


Es la estación de lluvias en Nepal
y en el antiguo hotel donde me alojo
veo a través de los cristales olvidados
un gran rosal de rosas blancas que se elevan
hasta el viejo balcón que es mi palacio abierto
hacia la luz del sol y las gentes de los patios.

De entre los muros húmedos y grises de letargo,
cansados de pobreza y rotos por el tiempo,
surge la flor vibrante, ligera y ofrecida
mientras se embebe de lluvia su imagen luminosa
que me absorbe la vista, el pensamiento entero
y aun todos los sentidos escapan de mi cuerpo.

Cae la lluvia, cae y cae,
arreciando el tambor improvisado
del mensaje disuelto de los cielos
que en su volcado amor besan la tierra
en miríadas de besos que resuenan
en cada gota que muere contra el suelo.

Sobre los tejados, dormidos en metales oxidados
que remiendan las tejas del pasado,
vierten las aguas sus incontables trazos
en un sinfín de líneas danzando en las canales
que esparcen sus dibujos al fondo de los patios.

Y la flor, blanca como su pureza,
se inclina agradecida con el peso
que llena la vasija de sus pétalos:
Grácil adoración que pende sobre el viento
por tanta vida libre derramada.
Pero... ¿a quién le interesan estas cosas
cuanto tantos trabajan por lo muerto?


                                      Kathmandú, 1983

Iguazú


Pócima impresionante de la tierra
que hoy me deja sentir todo mi centro
rodeado en el brinco de estas aguas,
ímpetuoso gigante que se vuelca,
tierra roja batida y arrastrada,
precipitada fusión en el estruendo
grandiosamente sumido en su substancia.

Alguien cercano a mí grita extasiado,
le sigo yo sin quererlo ni evitarlo
bajo este trance en caudal sobrevenido
cuando revivo en memoria inesperada
el indeciso lance del que aprende
a oscilar el columpio de la vida
bajo el asombro del latido descubierto
en cada mínimo avance de los pasos,
sintiéndolo todo, empapado ahora
en este estrépito de agosto brasileño.



Caminando cimas

Caminábamos a lo largo de las cimas,
el mediodía de luz nos inundaba,
ya éramos el uno con los vientos,
incrustados los cuerpos al paisaje
ya éramos cadena de montaña.
Abajo el tenue mundo de la duda
sólo mostraba caminos trasegados
y yo a una cumbre clara me alejaba.



Andes (1)


Yo grito con las voces de la nada
la voz de los rapsodas exhalada
a estas alturas andinas que me hablan
arrebatadas en la sangre
diciéndolo todo
en susurros callados, ancestrales
nieve y sol en exacta avenencia,
abismo y cumbre
en el exacto punto de mi vida.


Andes (2)


Traigo en mi espacio
romero de Europa,
mediterráneos almendros
y aquí me mira el guanaco, la vicuña
en conjunción oceánica
no ajenos, complementarios.
Quiero expandir mi bálsamo a estos vientos
desde mis brazos lanzarlo en agasajo
al gigante que observa en la quietud
de cordillera y planicie en vastedad,
aire escondido en el aire mismo
callado, inadvertido,
preñado de mensajes que se abren
en la revelación
de la mente quieta
que nada quiere
ni busca en este tramo
sino el instante de ser.

                                 Paso de Jama, agosto 2009


Campos camboyanos


Amanecer de arrozales extendidos,
reflejos quietos de nubes que azafranan
por la pausada llanura camboyana
ofrenda nueva al viajero que traspasa.

Un gran estanque me muestra en suave calma
flores de loto en ingente luz de grana
sobre el sembrado incipiente de esmeralda
que me llama y lo miro y me acompaña.

Un gallo pasa a mi lado en desafío
de plumíferos brillos en soflama
ondulante arco iris que se arrastra
por los minutos que irradia la mañana.

Llevo un papel y un lápiz, la maleta
para decir que cruzo las fronteras
por los paisajes cambiantes de los pueblos
por los caminos sencillos de la tierra.

               
                    Oeste de Camboya, mayo 2014