Abrazo


Deja el naranjo aromas expandidos
que inundan nuestro espacio recogido
mientras tu rostro descansa en mi costado
con ojos de  ensueño que no busca distancias
y en tanto tu cabello se escurre entre mis dedos
con brillos de tiempo detenido.

Fuera de aquí el mundo ruge,
corre y sangra el deseo por las calles,
se va por los caminos que se vuelve,
ceden vidas cansadas, otras vienen.

Y ante ese mar inmenso de espejismos
yo, ausente en ti, sé con certeza
que sólo nuestro abrazo es el sentido
que en esta hora abarca a toda la existencia.

El hijo ausente


Los dardos han llegado con el tiempo,
han arribado en vientos de distancia,
las aristas del tiempo conjuradas
se clavan en el eco de mis pasos
y el vacío del cuarto me traspasa.

Sabíamos del paso de estas naves,
sabemos siempre los hondos de la vida
sin escuela ni libro ni consejo
el código del hombre que transita.

Venir aquí, llegar y ser amado,
este reguero de sangre que palpita,
los pechos inflamados de ternura,
los años de alegría, desalientos,
luces que dejan el hoyo y la caverna
para hollar los jardines y desiertos
que el sol quiera poner en nuestros días.

Miro  a la luz del sol por su ventana,
una paloma desciende en vuelo lento,
alas abiertas de imagen contenida,
se posa en el alféizar y me mira.
Vuelvo a mirar su imagen y no estaba.

Sale mi hijo a enfrentarse a las tormentas,
las almas luminosas, los venenos,
los abrazos amigos, soledades,
el gozo de ser libre, los errores,
el amor extendido a puerta abierta,
las ocluidas puertas del camino,
el juego de marcharse tras lo eterno.

He de dejar  su alcoba, me atenaza
el vaho de sus  luces y sus sombras,
me embarga este vacío  aunque previsto,
y aquí sigue mi vida,  por  su lado.







Acto de amor añejo


Me reciben en el hall de su hotelito
edad dorada, cabellos blancos de batallas
con la vida
él y ella.
Me indagan sobre orígenes y rutas
con la sonrisa franca de almas que te aceptan.
Conversamos de viajes y de gentes
en la calma del paisaje
de la noche algodonada,
luna avanzada
cuando ella queda dormida en su butaca.

Cuando le pido el horario de salida
del bus a Paraguay
él se deshace en atenciones - llama.
Una voz lo asesora al otro lado:
el bus sale a las doce, macanudo,
por la ruta ochenta y uno.

Con su permiso, me voy a descansar
tengo el camino delante en madrugada.

                     * * *               

Se despereza el día, algo de frío
en este agosto argentino del invierno,
salgo con mi mochila a despedirme
y encuentro a ella inquieta, zozobrando,
se agita, se enfurruña, señala, se lamenta
mascullando en voz baja sus protestas:
Él ha salido a la calle  sin abrigo
y el  leve viento de agosto lo mocea.
- Este hombre, ¿no se da cuenta?
puede agarrar cualquier cosa, una influenza
o qué sé yo, con el frío !ay, me atormenta!

Él, que se sabe observado, desafía
todos los céfiros soplados en la tierra,
inspecciona las calles, las escenas,
cuatro minutos, seis, ella se extrema.

Entra al fin con nosotros con aire victorioso,
se acerca y la contempla, habla con ella,
palabra escasa, sabido gesto
y ambos deshojan las luces en su rostro.
Cruzamos las miradas en relámpago
y entiendo:
- Mira cómo me quiere, me alimenta,
su gesto de mujer me fortalece
y no me canso por ella.

No necesito más, todo que venga
en este día será secundario, luz espuria
por muy liviano o grave que parezca.

Acto de amor añejo, alborada de grandeza.


                                          Embarcación, Argentina, agosto 2009   






Vacíos los tazones, almas llenas



Temprano deja el lecho en la mañana, ella,
medido el tiempo del bus, que no la espera,
despierta él al poco, gravitando
mientras se sienta en el lecho y la contempla.

Pendiente aún del péndulo que grava
se acerca ella espontánea y le besa
quedamente los ojos y las manos,
susurros de ternura se transforman
en misterios que al oído se desvelan
al fondo de la entraña más extrema.

Pospuesto queda el mundo en esa hora,
inútilmente resuenan mecanismos
en ese espacio en que el ansia ya no apremia,
estremecidos los dos en el encuentro,
sobrecogidos al alba que se estrena.

Un portazo vecino la saca del hechizo,
- espera- dice él, pero no insiste,
inútil enfrentarse al viejo Cronos
y a los conjuntos del día que se apresta.
- Te enviaré un correo al mediodía,
te he añadido a mi blog, mira tu foto,
mis compañeros de envidia me bromean.

Se trasluce la luz de madrugada,
aún las estrellas resisten a la vista,
al poco el sol destrona a todo el cosmos
y bullen los comercios y las vidas.

                           ***

Al día siguiente él despierta intencionado,
trae unas rosas que posa en la almohada
que quedan yertas y humildes a la vista
mientras la espera despacio en la mirada.

No es necesario el sonido inexorable
del segundero que mide la mañana
ni le sorprende la flor ante los ojos
que ella en su mente onírica notaba,
y el suave aroma le abre la luz a la retina
que al despertar la encuentra arrebatada.

Te he puesto flores -él sonríe-
por este fuego intangible que nos damos,
por compartir este aliento que nos funde
aun cuando el cuerpo se halle en lo lejano,
por este amor perdurable que nos damos
aun cuando el mundo lo hiere a cada paso.

Ausentes en el trance, se incorporan,
todo el silencio lo hablan con sus manos,
poco han de hablar los seres que se encuentran
amándose en la luz que ha comenzado.

Ha quedado  pendiente el desayuno,
las prisas del zapato en la escalera,
un autobús ruidoso que se aleja,
vacíos los tazones, almas llenas.

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El árbol del parque


Hay un magnífico cedro americano
en el cercano parque de Bolívar,
orondo, grandiosamente extendido
sobre los paseos inferiores
del reposado tránsito sureño.
Hace unos días que lo observo,
sin buscarlo se ha plantado ante mi vista
y en estas horas tempranas de invierno
me llama su pacífico vaivén de ramas nobles
que cubren de sombra fresca al transeúnte
quien desgaja unas células de su existencia
en ese impensado ambular por los jardines.

Sin pensar en el árbol, una madre
engarza los cabellos de su hija -10 ó 12 años-
en armoniosa trenza simetrada,
por qué no está en la escuela - me pregunto
en tanto el viento agita el recio cedro
y el café y el tamal se me desgastan
y se intercambian los cuerpos de las gentes
al devenir del mundo que los llama.

Al cabo llega un bus muy amarillo,
alegre luz de sol en calle parda
al cual la niña trenzada se dirige
en tierno abrazo a su madre que la aguarda
hasta que el sol escolar se pierde en la distancia.

Una vez más hallo respuesta inesperada
-sólo hay que estar sentado y ver qué pasa-
y así todo el bullir viviente bajo el árbol
sigue su línea fiel de este entramado
que en el árbol, la tierra, el cosmos todo
entreteje su trenzas de engarzado.

                            Loja, Ecuador, 29 marzo 2012