Vacíos los tazones, almas llenas
Temprano deja el lecho en la mañana, ella,
medido el tiempo del bus, que no la espera,
despierta él al poco, gravitando
mientras se sienta en el lecho y la contempla.
Pendiente aún del péndulo que grava
se acerca ella espontánea y le besa
quedamente los ojos y las manos,
susurros de ternura se transforman
en misterios que al oído se desvelan
al fondo de la entraña más extrema.
Pospuesto queda el mundo en esa hora,
inútilmente resuenan mecanismos
en ese espacio en que el ansia ya no apremia,
estremecidos los dos en el encuentro,
sobrecogidos al alba que se estrena.
Un portazo vecino la saca del hechizo,
- espera- dice él, pero no insiste,
inútil enfrentarse al viejo Cronos
y a los conjuntos del día que se apresta.
- Te enviaré un correo al mediodía,
te he añadido a mi blog, mira tu foto,
mis compañeros de envidia me bromean.
Se trasluce la luz de madrugada,
aún las estrellas resisten a la vista,
al poco el sol destrona a todo el cosmos
y bullen los comercios y las vidas.
***
Al día siguiente él despierta intencionado,
le trae las rosas que posa al centro de la almohada
y quedan yertas y humildes a la vista
mientras la espera despacio en la mirada.
No es necesario el sonido inexorable
del cuarzo que cuartea la mañana
ni le sorprende la flor ante los ojos
que ella en su mente onírica notaba,
y el suave aroma le abre la luz a la retina
que al despertar la encuentra arrebatada.
Te he puesto flores -él sonríe-
por este fuego intangible que nos damos,
por compartir este aliento que nos funde
aun cuando el cuerpo se halle en lo lejano,
por este amor perdurable que nos damos
aun cuando el mundo lo hiere a cada paso.
Ausentes en el trance, se incorporan,
todo el silencio lo hablan con sus manos,
poco han de hablar los seres que se encuentran
amándose en la luz que ha comenzado.
Ha quedado pendiente el desayuno,
las prisas del zapato en la escalera,
un autobús ruidoso que se aleja,
vacíos los tazones, almas llenas.